domingo, 24 de agosto de 2014

Memorias de un Drakavi

.:INTRODUCCIÓN:.

Al principio mi mundo no era más que una tierra devastada por la ira de los dragones, los humanos vivíamos con miedo, escondidos en frías cavernas, esperando el día de nuestra muerte… Pero las cosas cambiaron, los dragones se debilitaron y se retiraron a las montañas más altas y aisladas de nuestro mundo. Ahora son los Drakavis los que nos reinan, seres que poseen los elementos de los dragones.
Hace diecisiete años, cuando las siete lunas de nuestro mundo se alinearon, los dragones bajaron de sus montañas y arrasaron los siete Reinos, los Drakavis se refugiaron en sus castillos y vieron como la población moría consumida. Nadie sabe porque esos dragones volvieron y solo una persona sabe por qué se fueron…

Mi nombre es Cass y esta es mi historia.

Anna...


Era curiosa la forma en la que las cosas cambiaban, como podías estar sonriendo un día y al siguiente encontrarte escondiendo las lágrimas en el funeral de tu amiga de la que estabas (y sigues estando) enamorado.

Hace tan solo unas horas había ido a visitar el cuerpo de Anna al tanatorio. La había encontrado rodeada de sus escasos familiares y amigos, tumbada en una cama de frías sábanas grises, con su dorado pelo posado sobre sus hombros. Sus párpados estaban cerrados, ocultando el hermoso azul de sus ojos, ahora sin vida.

Habían cubierto su frágil y delicado cuerpo con un sencillo vestido blanco que dejaba al descubierto sus pálidos hombros.

Alex recordaba que en aquel momento pensó que ella solo dormía, pero las disimuladas líneas que recorrían su níveo cuello y sus muñecas, destruían ese hermoso sueño en el que su preciosa Anna solo dormía.

El resonar de las campanas sacó a Alex de sus deprimentes pensamientos, arrastrándolo de golpe a la realidad..., la más actual al menos.

Hacía rato que todos habían abandonado el cementerio. Hacía menos de una hora había estado rebosando de gente. La noticia de un suicidio hacía que las personas se revolvieran, deseosas de conseguir nuevas y jugosas noticias.
Alex no pudo evitar sonreír con amargura ante esa idea. No le apetecía seguir parado frente a la tumba de su amiga, saboreando recuerdos de viejos momentos que jumás se volverían a repetir..., claro que tampoco le apetecía volver a casa y recibir más abrazos de su madre.

Dejando escapar de golpe el aire de sus pulmones, se giró y salió del cementerio en el que ahora descansaría su amiga para... bueno, toda la eternidad.
Alex no se dispuso a ir a ningún lugar en concreto, solo dejaba que sus pies se arrastrasen, uno tras otro, siguiendo un ritmo carencial y desganado.

Muchas personas hicieron ademán de pararse y hablar con él, pero Alex simplemente los ignoró y siguió arrastrándose por el pueblo con la cabeza baja.
No supo que salió del pueblo hasta que se percató de que deslizaba su espalda por la rugosa superficie de un gran árbol, en algún lugar de los muchos caminos que atravesaba el bosque de las afueras del pueblo.

Aprovechó la soledad que le confería el abrigo de los árboles para derramar todas las lágrimas que se había estado tragando desde que le dijeron que su querida Anna había muerto, que había sido ella misma la que había acabado con su vida.
Lloró por todo, por no haber estado con ella, por no haberle preguntado que si le ocurría algo cuando empezó a notar que algo estaba cambiando en ella. Lloró porque sabía que no la volvería a ver, que no volvería a oír su dulce risa y que jamás podría intercambiar ni una simple caricia con ella.

Alex habría seguido llorando si no hubiera sido por su móvil. Sonó como lo hacía cuando recibía un whatsapp. Lo habría ignorado encantado, de no ser porque su móvil llevaba apagado horas, desde que lo había llamado la primera persona para enterarse de “la gran y jugosa noticia”. En definitiva, era imposible que su móvil hiciera cualquier sonido posible.
Secándose las lágrimas con el dorso de la mano, introdujo la mano en su bolsillo y sacó el móvil.
Le ocurría algo. La pantalla permanecía en negro, salvo por un aviso de mensajería instantánea que ocupaba el centro de la pantalla.
Dudó unos segundos antes de decidirse a abrir el mensaje y, cuando lo hizo, tuvo que obligarse a no gritar, tardando varios segundos en reaccionar.

El mensaje era de Anna, o mejor dicho, de algún idiota haciéndose pasar por ella.

  • “Seca tus lágrimas, Alexander”.- decía el mensaje.

Estaba enfadado, muy enfadado. ¿Cómo era alguien capaz de hacer eso? Era una broma de muy mal gusto... mataría al culpable de ello, o al menos lo haría sufrir.

  • “¿Quién coño eres?”.- le preguntó Alex, deseoso de saber más sobre el imbécil que le había mandado el mensaje.

Al cabo de pocos segundos recibió su respuesta. Una sola palabra. Su nombre completo. “Anabelle”

  • “ Y una mierda! Ella está muerta. Dime quien eres desgraciado”.- le respondió con rapidez Alex.
  • “Desgraciada... La muerte no es una desgracia, Alexander. ¿Es qué no te alegras de hablar conmigo? Hace tan solo unos segundos llorabas porque pensabas que no lo volverías a hacer”

Todo esto era imposible. No podía ser ella, estaba muerta. Él la había visto muerta, simplemente era... imposible.

  • “No es imposible, lo único que ha muerto es mi cuerpo, pero yo sigo viva”.

Alex estaba asombrado y comenzaba a pasar del enfado al miedo a una velocidad vertiginosa.

  • “No temas”.- le dijo Anna.- “No seré yo quién te haga daño”

Ese último mensaje despertó en él montones de preguntas. ¿Quién se supone que le haría daño? ¿Por qué le había dicho eso?...
Pero ante todas esas preguntas se superponía otra. ¿Quién era ella?, o mejor dicho... ¿qué era?

Tragando saliva, se decidió a mandarle otro mensaje. Necesitaba saber la respuesta a alguna de sus preguntas.

  • “¿Quién eres?”
  • “¿Es esa la pregunta que de verdad quieres hacerme?”

Alex retuvo el aire. No sabía que hacer. Una parte de él quería salir corriendo y huir de todo eso, pero otra quería saber que era lo que estaba pasando.

  • “¿Qué eres?”.- se atrevió a preguntar Alex. Las manos le temblaban tanto que casi se le cayó el móvil de las manos. El sudor frío que recorría su columna vertebral no le ayudaba mucho a tranquilizarse. Sabía que todo esto era una estupidez. Nunca había creído en nada relacionado con lo sobrenatural, sabía a ciencia cierta que todo eran cuentos que se les contaban a los niños para que se portaran bien, así que, ¿por qué estaba tan asustado? ¿por qué se comportaba así?

No hubo respuesta. Alex esperó , pero Anna no le respondía. Con una sonrisa que estaba entre los límites del alivio y la amargura, tiró el móvil hacia un lado y enterró la cara entre sus manos, enredando los dedos en su pelo negro.

Como supuso desde el principio, todo había sido una broma de mal gusto. Sabía que debía sentirse enfadad, pero solo podía sentirse agotado, exhausto, deseoso de acabar con todo aquello de una vez por todas.
Quiso, más bien deseó, con toda su alma que su querida Anna estuviera allí con él, ayudándolo a acabar con el silencia que reinaba en el bosque....

y como invocado por una fuerza superior, su móvil volvió a sonar, con insistencia, una y otra vez. Pero Alex lo ignoró, no volvería a acercarse a ese infernal móvil nunca más.

Cuando por fin dejo de sonar con ese maldito ruido, Alex levantó la cabeza, se secó la cara con las mangas raídas de su chaqueta y se levantó, dispuesto a volver a casa y a olvidarse de todo lo ocurrido durante esa tarde.


Le costó encontrar el camino de regreso a casa, pero no se preocupó. Conocía casi a la perfección ese pequeño bosque y tan solo necesitaba encontrar un lugar en el que situarse para poder regresar.
Cuando por fin lo localizó, una voz que conocía tan bien como la suya propia llamó su atención.

  • Alex...

Supo a quien pertenecía esa voz sin necesidad de buscar su origen. Era tal y como la recordaba, salvo porque ahora sus palabras parecían estar acompañadas por el leve sonido de una brisa.

  • No puede ser.- se dijo a sí mismo en voz alta, cerrando los ojos y tapándose los oídos con las manos.

Una fría presión sobre sus muñecas lo obligó a abrir los ojos.
Ante él estaba Anna.

Sus ojos lo miraban con preocupación y sus labios formaban una mueca de desaprobación que tan familiar le resultaba a Alex. Sus rubias cejas fruncidas creaban unas tenues sombras grisáceas sobre sus azules ojos.

Las fuerzas de Alex fallaron y cayó al suelo de rodillas. Anna le había soltado las muñecas y ahora sus brazos descansaban sin fuerzas en ambos costados.

  • ¿Por qué tratas de ignorarme, Alex? ¿Es que no puedes creer que soy yo?

Armándose de valor, Alex alzó la cabeza, retirando la vista de los descalzos pies de su querida Anna. Se permitió unos segundos para poder contemplarla.

Su largo cabello rubio parecía estar agitado por un viento inexistente; sus azules ojos brillaban a causa de unas lágrimas contenidas, dándoles un aire vivo. Su piel, más pálida de lo habitual, estaba manchada en varias partes.
A su vestido banco parecía ocurrirle lo mismo que a su pelo. Estaba en constante agitación, además de rasgado por los bajos, todo junto confiriéndole un aire siniestro a tan sencilla prenda.

  • Responde, Alex.- le exigió Anna.

Reuniendo todo el valor que pudo encontrar, se atrevió a dirigirse a aquella Anna, que se parecía a la suya, pero más fría.. tan fría como un carámbano de hielo.

  • ¿Qué eres?.- preguntó por segunda vez en esa tarde.
  • Soy Anna.- le respondió ella con una tímida sonrisa.
  • No he preguntado quién eres..

Anna amplió la sonrisa que poseyó sus labios, los cuales parecían haber adquirido un tono gris pálido. Con un gemido producido por el viento, Anna se dejó caer frente a él, colocándose a su altura. Una suave brisa agitó los cabellos de ambos muchachos.


  • Soy un espectro, un fantasma como preferís llamarnos.- le respondió Anna, petrificándolo con su mirada azul.
  • Eso es imposible.
  • ¿Lo es?.- le preguntó Anna mientras alzaba una de sus cejas.
  • ¡Estás muerta!.- le gritó Alex.- ¡Vi como te enterraban!

Anna le sonrió y cogió una de sus manos entre las de ella. Alex se sorprendió. El tacto era frío y húmedo, pero no desagradable.

  • ¿Por qué lo hiciste Anabelle?.- le preguntó Alex mientras dejaba que sus lágrimas se le escapasen de los ojos.
  • Me cansé de vivir en un sueño.- respondió ella a la vez que se encogía de hombros.
  • ¿Un sueño?¡Pero si estás muerta!
  • No lo estoy, Alex. Vivís una mentira, atrapados en una pesadilla, demasiado acobardados como para decidiros a despertar...
  • ¿De qué hablas, Anna?.- la interrumpió Alex, a la vez que se ponía de pié.- Eso que dices es una locura. ¡Estás muerta! ¡No has despertado de ningún sueño!
  • ¡MENTIRA!.- gritó Anna.

Pero su voz no sonó dulce y cálida como lo hacía siempre. Sonó fría, desgarrada, provocando que los husos de Alex retumbasen. Esa voz que ahora le pertenecía a ella estuvo acompañada por una fuerte bocanada de aire que hizo que las hojas de los árboles se desprendiesen de sus ramas, que estas crujiesen y que las raíces se quejarán.

Los pies de Alex se despegaron del suelo y él fue arrastrado hasta acabar de rodillas a varios metros de Anna. Esta se acercó a él como arrastrada por el viento. Los bordes de su vestido, de sus dedos y su pelo parecieron desdibujarse, alejarse de su incorpóreo cuerpo arrastrado por el aire.

  • Mi querido Alex...- susurró Anna cuando estaba lo suficientemente cerca como para que él la oyera.- Respóndeme a una cosa... ¿de verdad eres feliz?

Alex la miró. No sabía que responderle. ¿Era felíz? No.. la felicidad parecía estar muy lejos de él, pero ¿podría llegar a serlo? ¿cambiarían las cosas tanto como para que él llegara a ser feliz?
Lo dudaba, y Anna debió de ver la duda en sus ojos porque sonrió con tristeza y, alargando la mano, le retiró los mechones de pelo que le caían sobre los ojos.


  • Jamás alcanzaras la felicidad en una pesadilla.- le dijo Anna con tristeza, pero con toda la seriedad del mundo.- Despierta, por favor. Ven conmigo. Juntos seremos felices.

Alex alzó la vista. Los ojos de Anna brillaban con intensidad, iluminando aquella tarde cada vez más oscura.

  • No, Anna... - logró susurrar Alex.
  • ¿Qué es lo que te retiene aquí?.- preguntó molesta.- No tienes nada. Tu padre es un borracho que maltrata a tu madre la cual vive demasiado asustada como para hacer nada. No tienes amigos, no tienes nada. Solo me tenías a mí y ya no estamos en el mismo lugar.

Alex volvía a llorar. Toda su realidad se le estaba viniendo encima, dándole una agonía que le impedía respirar. Aquello no era vida. Vivir aterrado y solo no era vivir, era morir poco a poco...

  • Ven conmigo, Alex.. - volvió a ofrecerle Anna mientras le entregaba su pálida mano.

Alex la miró, tentado a aceptarla. Fue entonces cuando una pregunta volvió a surgir en su cabeza.

  • ¿Quién me hará daño, Anna?

Ella lo miró y sonrió. Era una sonrisa siniestra, blanca y esbozada con una sola de las comisuras de su perfecta boca. Alex se sorprendió cuando sintió un leve peso en el bolsillo de sus pantalones. Con cuidado introdujo la mano en el y extrajo un puñal manchado de sangre. La sangre de Anna.
Lo supo sin ni siquiera preguntarle a ella y sabía que debía sentirse asustado, sabía que debía temer, temer por su vida, temer por el final de aquella tarde... Pero no temía, iba a despertar.

Y mientras deslizaba la escarlata hoja del puñal por su fina piel supo cual era la respuesta a su pregunta...



Cartas

<<La muerte siempre tiene las mejores cartas, el azar no forma parte de su existencia>>

Demonios ocultos

<<La luz que desprenden tus ojos solo sirve para revelar al demonio que llevas dentro>>


Faceta oculta

<<Todos poseemos una faceta oscura que nos corroe las entrañas, que lucha por salir a la superficie y ser ella la que nos controle... Todos poseemos una faceta oscura que deseamos ocultar...>>


Tumba

<<Echo de menos tu cálido roce, el calor que desprendían tus labios al besar los míos... echo de menos todo lo que ahora ha sido sustituido por el frío que desprenden las lozas de mármol que forman tu tumba...
Recuerdos... recuerdos borrosos y dolorosos son lo único que me quedan de ti... los recuerdos y los susurros que me llegan desde tu tumba...>>