Era curiosa la forma en la que las
cosas cambiaban, como podías estar sonriendo un día y al siguiente
encontrarte escondiendo las lágrimas en el funeral de tu amiga de la
que estabas (y sigues estando) enamorado.
Hace tan solo unas horas había ido a
visitar el cuerpo de Anna al tanatorio. La había encontrado rodeada
de sus escasos familiares y amigos, tumbada en una cama de frías
sábanas grises, con su dorado pelo posado sobre sus hombros. Sus
párpados estaban cerrados, ocultando el hermoso azul de sus ojos,
ahora sin vida.
Habían cubierto su frágil y delicado
cuerpo con un sencillo vestido blanco que dejaba al descubierto sus
pálidos hombros.
Alex recordaba que en aquel momento
pensó que ella solo dormía, pero las disimuladas líneas que
recorrían su níveo cuello y sus muñecas, destruían ese hermoso
sueño en el que su preciosa Anna solo dormía.
El resonar de las campanas sacó a Alex
de sus deprimentes pensamientos, arrastrándolo de golpe a la
realidad..., la más actual al menos.
Hacía rato que todos habían
abandonado el cementerio. Hacía menos de una hora había estado
rebosando de gente. La noticia de un suicidio hacía que las personas
se revolvieran, deseosas de conseguir nuevas y jugosas noticias.
Alex no pudo evitar sonreír con
amargura ante esa idea. No le apetecía seguir parado frente a la
tumba de su amiga, saboreando recuerdos de viejos momentos que jumás
se volverían a repetir..., claro que tampoco le apetecía volver a
casa y recibir más abrazos de su madre.
Dejando escapar de golpe el aire de sus
pulmones, se giró y salió del cementerio en el que ahora
descansaría su amiga para... bueno, toda la eternidad.
Alex no se dispuso a ir a ningún lugar
en concreto, solo dejaba que sus pies se arrastrasen, uno tras otro,
siguiendo un ritmo carencial y desganado.
Muchas personas hicieron ademán de
pararse y hablar con él, pero Alex simplemente los ignoró y siguió
arrastrándose por el pueblo con la cabeza baja.
No supo que salió del pueblo hasta que
se percató de que deslizaba su espalda por la rugosa superficie de
un gran árbol, en algún lugar de los muchos caminos que atravesaba
el bosque de las afueras del pueblo.
Aprovechó la soledad que le confería
el abrigo de los árboles para derramar todas las lágrimas que se
había estado tragando desde que le dijeron que su querida Anna había
muerto, que había sido ella misma la que había acabado con su vida.
Lloró por todo, por no haber estado
con ella, por no haberle preguntado que si le ocurría algo cuando
empezó a notar que algo estaba cambiando en ella. Lloró porque
sabía que no la volvería a ver, que no volvería a oír su dulce
risa y que jamás podría intercambiar ni una simple caricia con
ella.
Alex habría seguido llorando si no
hubiera sido por su móvil. Sonó como lo hacía cuando recibía un
whatsapp. Lo habría ignorado encantado, de no ser porque su móvil
llevaba apagado horas, desde que lo había llamado la primera persona
para enterarse de “la gran y jugosa noticia”. En definitiva, era
imposible que su móvil hiciera cualquier sonido posible.
Secándose las lágrimas con el dorso
de la mano, introdujo la mano en su bolsillo y sacó el móvil.
Le ocurría algo. La pantalla
permanecía en negro, salvo por un aviso de mensajería instantánea
que ocupaba el centro de la pantalla.
Dudó unos segundos antes de decidirse
a abrir el mensaje y, cuando lo hizo, tuvo que obligarse a no gritar,
tardando varios segundos en reaccionar.
El mensaje era de Anna, o mejor dicho,
de algún idiota haciéndose pasar por ella.
Estaba enfadado, muy enfadado. ¿Cómo
era alguien capaz de hacer eso? Era una broma de muy mal gusto...
mataría al culpable de ello, o al menos lo haría sufrir.
Al cabo de pocos segundos recibió su
respuesta. Una sola palabra. Su nombre completo. “Anabelle”
“ Y una mierda! Ella está
muerta. Dime quien eres desgraciado”.- le respondió con rapidez
Alex.
“Desgraciada... La muerte no es
una desgracia, Alexander. ¿Es qué no te alegras de hablar conmigo?
Hace tan solo unos segundos llorabas porque pensabas que no lo
volverías a hacer”
Todo esto era imposible. No podía ser
ella, estaba muerta. Él la había visto muerta, simplemente era...
imposible.
Alex estaba asombrado y comenzaba a
pasar del enfado al miedo a una velocidad vertiginosa.
Ese último mensaje despertó en él
montones de preguntas. ¿Quién se supone que le haría daño? ¿Por
qué le había dicho eso?...
Pero ante todas esas preguntas se
superponía otra. ¿Quién era ella?, o mejor dicho... ¿qué era?
Tragando saliva, se decidió a mandarle
otro mensaje. Necesitaba saber la respuesta a alguna de sus
preguntas.
Alex retuvo el aire. No sabía que
hacer. Una parte de él quería salir corriendo y huir de todo eso,
pero otra quería saber que era lo que estaba pasando.
“¿Qué eres?”.- se atrevió a
preguntar Alex. Las manos le temblaban tanto que casi se le cayó el
móvil de las manos. El sudor frío que recorría su columna
vertebral no le ayudaba mucho a tranquilizarse. Sabía que todo esto
era una estupidez. Nunca había creído en nada relacionado con lo
sobrenatural, sabía a ciencia cierta que todo eran cuentos que se
les contaban a los niños para que se portaran bien, así que, ¿por
qué estaba tan asustado? ¿por qué se comportaba así?
No hubo respuesta. Alex esperó , pero
Anna no le respondía. Con una sonrisa que estaba entre los límites
del alivio y la amargura, tiró el móvil hacia un lado y enterró la
cara entre sus manos, enredando los dedos en su pelo negro.
Como supuso desde el principio, todo
había sido una broma de mal gusto. Sabía que debía sentirse
enfadad, pero solo podía sentirse agotado, exhausto, deseoso de
acabar con todo aquello de una vez por todas.
Quiso, más bien deseó, con toda su
alma que su querida Anna estuviera allí con él, ayudándolo a
acabar con el silencia que reinaba en el bosque....
y como invocado por una fuerza
superior, su móvil volvió a sonar, con insistencia, una y otra vez.
Pero Alex lo ignoró, no volvería a acercarse a ese infernal móvil
nunca más.
Cuando por fin dejo de sonar con ese
maldito ruido, Alex levantó la cabeza, se secó la cara con las
mangas raídas de su chaqueta y se levantó, dispuesto a volver a
casa y a olvidarse de todo lo ocurrido durante esa tarde.
Le costó encontrar el camino de
regreso a casa, pero no se preocupó. Conocía casi a la perfección
ese pequeño bosque y tan solo necesitaba encontrar un lugar en el
que situarse para poder regresar.
Cuando por fin lo localizó, una voz
que conocía tan bien como la suya propia llamó su atención.
Supo a quien pertenecía esa voz sin
necesidad de buscar su origen. Era tal y como la recordaba, salvo
porque ahora sus palabras parecían estar acompañadas por el leve
sonido de una brisa.
Una fría presión sobre sus muñecas
lo obligó a abrir los ojos.
Ante él estaba Anna.
Sus ojos lo miraban con preocupación y
sus labios formaban una mueca de desaprobación que tan familiar le
resultaba a Alex. Sus rubias cejas fruncidas creaban unas tenues
sombras grisáceas sobre sus azules ojos.
Las fuerzas de Alex fallaron y cayó al
suelo de rodillas. Anna le había soltado las muñecas y ahora sus
brazos descansaban sin fuerzas en ambos costados.
Armándose de valor, Alex alzó la
cabeza, retirando la vista de los descalzos pies de su querida Anna.
Se permitió unos segundos para poder contemplarla.
Su largo cabello rubio parecía estar
agitado por un viento inexistente; sus azules ojos brillaban a causa
de unas lágrimas contenidas, dándoles un aire vivo. Su piel, más
pálida de lo habitual, estaba manchada en varias partes.
A su vestido banco parecía ocurrirle
lo mismo que a su pelo. Estaba en constante agitación, además de
rasgado por los bajos, todo junto confiriéndole un aire siniestro a
tan sencilla prenda.
Reuniendo todo el valor que pudo
encontrar, se atrevió a dirigirse a aquella Anna, que se parecía a
la suya, pero más fría.. tan fría como un carámbano de hielo.
¿Qué eres?.- preguntó por
segunda vez en esa tarde.
Soy Anna.- le respondió ella con
una tímida sonrisa.
No he preguntado quién eres..
Anna amplió la sonrisa que poseyó sus
labios, los cuales parecían haber adquirido un tono gris pálido.
Con un gemido producido por el viento, Anna se dejó caer frente a
él, colocándose a su altura. Una suave brisa agitó los cabellos de
ambos muchachos.
Soy un espectro, un fantasma como
preferís llamarnos.- le respondió Anna, petrificándolo con su
mirada azul.
Eso es imposible.
¿Lo es?.- le preguntó Anna
mientras alzaba una de sus cejas.
¡Estás muerta!.- le gritó
Alex.- ¡Vi como te enterraban!
Anna le sonrió y cogió una de sus
manos entre las de ella. Alex se sorprendió. El tacto era frío y
húmedo, pero no desagradable.
¿Por qué lo hiciste Anabelle?.-
le preguntó Alex mientras dejaba que sus lágrimas se le escapasen
de los ojos.
Me cansé de vivir en un sueño.-
respondió ella a la vez que se encogía de hombros.
¿Un sueño?¡Pero si estás
muerta!
No lo estoy, Alex. Vivís una
mentira, atrapados en una pesadilla, demasiado acobardados como para
decidiros a despertar...
¿De qué hablas, Anna?.- la
interrumpió Alex, a la vez que se ponía de pié.- Eso que dices es
una locura. ¡Estás muerta! ¡No has despertado de ningún sueño!
¡MENTIRA!.- gritó Anna.
Pero su voz no sonó dulce y cálida
como lo hacía siempre. Sonó fría, desgarrada, provocando que los
husos de Alex retumbasen. Esa voz que ahora le pertenecía a ella
estuvo acompañada por una fuerte bocanada de aire que hizo que las
hojas de los árboles se desprendiesen de sus ramas, que estas
crujiesen y que las raíces se quejarán.
Los pies de Alex se despegaron del
suelo y él fue arrastrado hasta acabar de rodillas a varios metros
de Anna. Esta se acercó a él como arrastrada por el viento. Los
bordes de su vestido, de sus dedos y su pelo parecieron desdibujarse,
alejarse de su incorpóreo cuerpo arrastrado por el aire.
Alex la miró. No sabía que
responderle. ¿Era felíz? No.. la felicidad parecía estar muy lejos
de él, pero ¿podría llegar a serlo? ¿cambiarían las cosas tanto
como para que él llegara a ser feliz?
Lo dudaba, y Anna debió de ver la duda
en sus ojos porque sonrió con tristeza y, alargando la mano, le
retiró los mechones de pelo que le caían sobre los ojos.
Alex alzó la vista. Los ojos de Anna
brillaban con intensidad, iluminando aquella tarde cada vez más
oscura.
No, Anna... - logró susurrar
Alex.
¿Qué es lo que te retiene
aquí?.- preguntó molesta.- No tienes nada. Tu padre es un borracho
que maltrata a tu madre la cual vive demasiado asustada como para
hacer nada. No tienes amigos, no tienes nada. Solo me tenías a mí
y ya no estamos en el mismo lugar.
Alex volvía a llorar. Toda su realidad
se le estaba viniendo encima, dándole una agonía que le impedía
respirar. Aquello no era vida. Vivir aterrado y solo no era vivir,
era morir poco a poco...
Alex la miró, tentado a aceptarla. Fue
entonces cuando una pregunta volvió a surgir en su cabeza.
Ella lo miró y sonrió. Era una
sonrisa siniestra, blanca y esbozada con una sola de las comisuras de
su perfecta boca. Alex se sorprendió cuando sintió un leve peso en
el bolsillo de sus pantalones. Con cuidado introdujo la mano en el y
extrajo un puñal manchado de sangre. La sangre de Anna.
Lo supo sin ni siquiera preguntarle a
ella y sabía que debía sentirse asustado, sabía que debía temer,
temer por su vida, temer por el final de aquella tarde... Pero no
temía, iba a despertar.
Y mientras deslizaba la escarlata hoja
del puñal por su fina piel supo cual era la respuesta a su
pregunta...